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24/1/08

YA NO EXTRAÑO...




Ya no extraño tu presencia.
Ni la parsimonia de tu sonrisa que a mi risa apresuraba;
ni la rebelión que en mi ser tus ojos serios provocaban.
Ya sobre mi deseo cayó, letal, un alud memorable de aguanieve.
También dejó de atormentarme el abstracto rejón de tu recuerdo.
Hoy sólo me desalienta la huella de fuego inquebrantable
que en mi corazón forjaste.
Ya te inmoló la insensata fantasía,
y mi fe en ti perdió constancia;
aunque el subconsciente te proclame protagonista
de algún impreciso sueño.
Ya mis iris dejaron de enlutarse por tu ausencia
y en mis labios sucumbieron anhelos y carmines.
Comprendí que el amor que sentía se marchitó tiempo atrás,
como una rosa ante la mordida sanguinaria del estío.
Mas la huella de fuego inquebrantable,
que en mi corazón a gubia fraguaste,
de vez en cuando se desgarra... para de ti dolerme.

PENSAMIENTOS ROTOS




No sé qué fue primero:
la voz o el espíritu, quién dejó de cantar.
La música, intermitente, llegaba al alma,
más allí moría y era devuelta al silencio.
Mejor no cavilar y cruzar quedamente el tedioso mar
en que, a veces, se convierte la vida;
ralentizar la sangre,
cortar el suministro al ímpetu de las pasiones,
reír someramente,
prohibirse el alivio de las lágrimas
que deja desnudos los sentimientos
en el centro de una ensanchada soledad,
menospreciar recuerdos y nostalgia con sus agonías,
no conceder margen de análisis a la razón;
persuadirla de que no abra los diques al realismo;
desoír la llamada del espíritu
que reclama el regreso del Ser a su ser.
No meditar:
atravesar sigilosamente el desierto del verismo,
intentando no morir en la sed que da el hastío;
ahogar a los sueños mientras duermen, así no sufran; ironizar con la fantasía hasta exterminarla;
quitarle las bridas al tiempo y exhortarlo
a que vuele hasta vislumbrar el tétrico colofón;
transitar anestesiados bajo esa aurora
perennemente violeta;
abandonar al amor tras las tinieblas.
Y, lentamente,
dejar que el alma se convierta en piedra.
Impávida piedra inmune al dolor .

PENÉLOPE




Cuando besaba
-hace tanto tiempo de esto-,
besaba con toda la boca y,
en ocasiones,
por los labios, el corazón y hasta el alma
se le escapaban sin freno,
Sus pasos son breves, seguros, ligeros…
Y la música depende de los zapatos con que acaricia el suelo.
Bajos: brisas y espumas.
Altos: retintines cascabeleros.
Y el talle cimbreante, como juncos al viento.
Nunca sonríe a medias.
Clara es su risa, a borbotones, con el rostro en pleno.
A menudo lo hace y pareciera exhortar al universo,
como las campanillas alborozadas de la espadaña del cielo.
Si en sus ojos divisas una lágrima,
diez, o un ciento, preocuparte no debes,
que son consecuencias del gozo que está sintiendo.
Y su pelo huele…
A jazmines o a cerezos;
a hembra con los pies en la tierra;
a sensible mujer asida a sus sueños;
a pasión por la vida;
a claveles;
a indómito brezo…
A eso, a eso huele su cuerpo entero.

DISTANCIAS



Entre mis sueños apareces
dejándome herido en plena noche,
cuando la luna,
martirio de mis madrugadas,
su palidez ostenta.
O, al alba,
que exalta mis esperanzas,
para arrancármelas a traición
en el crepúsculo.
Mas, aunque atravieses desiertos
que te tornen imposible al favor de mis brazos,
aunque cruces océanos infinitos
que te arriben a puertos vedados a cualquier hombre,
así te alejes hasta lo inalcanzable,
así en tu hégira, con los dedos adules al horizonte,
jamás conseguirás eludir mi presencia.
Porque yo,
que renuncié al afán de esquivar la tuya,
ya constituyo parte de tu existencia
y los recuerdos; para los que no existen distancias,
en nosotros se inmortalizan.

BARQUITA SUREÑA



Al sol, tendidas las redes.
Alfombra de hilo
reposando en la arena.
Y una barca,
que la mano amiga del pescador espera.
El mar, hoy en calma,
con ella coquetea.
Ven conmigo, le susurra.
Mis aguas te aguardan
bullendo promesas.
Un tesoro de peces te daré.
Y si quieres, para tu exorno,
un abalorio de perlas.
Y te meceré en mis brazos
de espumas y nieblas.
Quiero ser tu amante
barquita de pesca.
Desde tu proa a tu popa te amaré;
de mi pasión serás la dueña.
Deja que te acoja en mis aguas
barquita sureña.
Que hoy para ti luzco sereno,
olvidada quedó mi fiereza.
No esperes al pescador.
¡Ven conmigo!
Que me muero de impaciencia.
Yo colmaré tus redes
de peces y sirenas.
Y cuando en la madrugada
aparezca la luna,
a acicalar en mi espejo
su tez de luz morena,
yo te devolveré,
alborozada y plena;
a la segura quietud
de tu puerto en tierra.

De mí

TRINI REINA -
Empecé a escribir a los cuarenta y cuatro años, recién recuperada de un cáncer de mama. Creo que a raíz de esa experiencia, comencé a apreciar lo que la vida me ofrecía y que antes, imbuida en otros menesteres, había obviado. Digamos que, anteriormente a esa etapa, yo cabalgaba por la vida y que una vez superada, emprendí un sereno paseo por ella. Pienso que ahí nació mi amor por la poesía, que no por la palabra, que ya amaba desde que tuve uso de razón. Ahora ya no entendería mi mundo sin la literatura y, cuando me preguntan qué razón me motiva a escribir, respondo, quizá pecando de un exaltado ego, que escribo para que cuando muera quede una huella tangible o legible de mi paso por la vida. Pienso que si dejo mis sentimientos y pensamientos impresos, de alguna manera, cuando alguien me lea, seguiré presente, aunque sea en el instante en que esté leyendo aquello que un día, quién sabe cuántos años atrás; una mujer sencilla, y no por eso menos vehemente, trazó.