
Si suplicar es morir, si extrañarte
tras la tortura y el paso de los años, es morir.
Si a cada paso que avanzo tu recuerdo me asalta
y retrocedo, anhelando tu aliento en mi oído
y tu voz susurrando juramentos, morir quiero.
Ser infinita, certera, magnífica,
llegar donde tu sombra se perdió en el tiempo.
Atravesar la atmósfera siendo etérea burbuja
y dejarme arrastrar hasta la orilla de tu cuerpo.
Ser pequeña, diestra, tangible,
acertando a esquivar la bruma de la soledad
que pesa como el más cruel de los destinos.
Si me siento gota de agua a punto de irrumpir
en un ocaso opaco y gris, que no tiene otra salida
que el este de tus ojos, si al amanecer no encuentro
la luz más pura porque se la quedaron ellos, morir quiero.
Morir, y ser definitiva, austera, diplomática,
desandar tus huellas con pies de hada,
y sentir en mis plantas que estoy en tu pradera.
Que pertenezco, soy, me considero,
involuntaria marioneta del destino
que juega como un niño y es cruel.
Feroz de nacimiento.
Quiero, suplico, te extraño.
Y a cada uno de mis pasos el eco me devuelve
tu recuerdo, reverberando en una soledad que
no me pertenece. Que me fue impuesta, sin preguntar
si yo estaba de acuerdo.
Si todo esto es morir,
si mis ojos no quieren abrirse a más madrugadas en blanco,
si manos recorren las sendas de la tuyas por mi cuerpo,
si no me reconozco en el espejo,
si me duelen los labios de nombrarte
y los pechos de reclamar tu tacto,
para qué seguir rezando.
Libérame de la tortura de tu silencio,
de la cuenta de los días, del rosario infinito de súplicas a Dios.
Si todo esto es morir, a qué estoy esperando.





